A sus 100 años de vida, a Cruz Elena Cardona Molina se le cumplió su anhelo de pisar la arena de una playa y mirar de frente la inmensidad del mar. Ella, víctima en los últimos 60 años de la violencia política, la guerrilla, los paramilitares y la delincuencia, hoy disfruta de vientos de reparación.

“Esto es inmenso y hermoso… parece que no tiene fin”, exclamó esta campesina antioqueña en la isla de San Andrés, donde se encuentra de turista esta semana gracias a la admiración que causó en un grupo de personas su historia de resiliencia, tras una vida llena de dificultades marcada por los grupos armados ilegales desde 1947.

Conocer el mar es para ella una experiencia también reparadora, que empezó el 17 de febrero pasado cuando Cruz Elena dio otra muestra de fortaleza al viajar junto a su hija Dioselina Parra desde su finca en el corregimiento Palermo (municipio de Támesis) a Medellín. Ese día ambas recibieron la indemnización económica administrativa por parte de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas en un sentido acto, en el que esta mujer sorprendió por su memoria, su jerga paisa al hablar y buen humor.

Pero también conmovieron sus vivencias y su resistencia ante tantas violencias que padeció. Fue madre de 12 hijos, de los cuales sobreviven dos.
“Viví muchos tiempos difíciles y hoy siento mucha alegría… estoy muy agradecida y le pediré a Dios por ustedes. Con esta ayuda me voy feliz a arreglar la finquita para que nos siga dando el platanito y el cafesito”, manifestó Cruz Elena en su mensaje a la Unidad para las Víctimas.

A su parcela en Támesis retornó por su cuenta hace seis años. Cruz Elena y su hija Dioselina encontraron la casa deteriorada y sin techo tras varios años abandonada. “Se la tragaba ya la maleza y mi madre y yo tuvimos que arroparnos con plásticos cuando llovía. Nos decíamos que era incómodo, pero que era lo nuestro”, relató Dioselina.

Con las primeras ayudas humanitarias que recibieron de la Unidad para las Víctimas comenzaron a arreglar la finca y compraron “gallinitas y marranitos”. La finca es la misma que abandonaron de forma forzada cuatro veces. La primera vez en 1947 y luego en 1957 por la violencia bipartidista. Era época de “la chusma y la contrachusma”, recuerda Cruz Elena, cuando unos y otros “llegaban a quemar las casas de la gente y matar con peinillas (machete)”. En una huida para salvar la vida junto a su esposo dio a luz en el monte a un niño, que no sobrevivió.

Retornaron después, pero en 1987 volvieron a huir por la presencia violenta del Eln. Volvieron y de nuevo, en 1992, la guerrilla obligó a la familia a salir desterrada. Entonces se fueron a vivir a un barrio en Medellín, donde como si fuera poco lo vivido antes, sufrieron por las extorsiones de un grupo delincuencial a sus habitantes. Por eso decidieron regresar a su finca, para ese momento en malas condiciones para habitar.

Para Jorge Mario Alzate, director de la Unidad para la Reparación a Víctimas en Antioquia, “Cruz Elena es un ejemplo admirable de resiliencia ya que sobrevivió a distintas etapas del conflicto en Colombia. Este caso demuestra el interés de aplicar en la reparación integral el enfoque de género y del adulto mayor a estas personas que han vivido con tanto rigo el conflicto y fueron bastiones en sus familias”.

Ahora, madre e hija viven felices en la tierra que trabajaron toda su vida. “Dios me concedió tiempo extra de vida y no quiero vivir con rencores. Lo único que quiero es conocer el mar y morir tranquila”, afirmó el día que recibió su indemnización reparadora. Y hoy en la isla de San Andrés Cruz Elena sonríe frente al mar.